Butaca amarilla

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Una segunda oportunidad siempre es posible

 

Elegante butacón de los años 50, de formas muy sencillas y decoración mínima, simplemente rematada por un pequeño copete en la parte superior del respaldo. El tapizado es el original, un bonito brocado amarillo y blanco que le da una gran elegancia al conjunto.

 

Un butacón que por su sencillez y sus tonos es fácilmente combinable, ya que puede usarse como descalzadora, como galán de noche en cualquier habitación, o también como sillón de lectura en cualquier rincón. Lo que es seguro, es que dará un toque de distinción a su hogar.

 

 

EPOCA: Años 50

 

MEDIDAS: Ancho: 57 cms. Fondo: 50 cms. Alto: 90 cm

 

 

Se eliminó todo resto de barnices en la madera y se optó por dejar la madera natural, simplemente con un barniz incoloro para proteger la madera. De este modo va más acorde con el tapizado y no resta protagonismo a la bonita tela.

 

Al ser un mueble vintage recuperado, tiene algunas marcas menores del lógico paso del tiempo, pero nada importante. Por favor, para cualquier pregunta o aclaración no dude en ponerse en contacto con nosotros.

 

PRECIO: XXXXX €

 

GASTOS DE ENVIO: Incluidos en el precio para envios a Peninsula y Baleares, otros destinos consultar.

Butaca Amarilla

REALIDADES Y FICCIONES

 

Zurciendo

 

La luz crepuscular filtrada por la ventana reflejaba a la perfección las infinitas motas de polvo que alborotaban la estancia, empeñadas en captar toda mi atención en esas tediosas tardes de domingo que pasaba con mi abuela. Mientras tanto ella, sentada en su butaca preferida, buscaba afanosa en su costurero de mimbre una bobina de hilo que se pareciera al tono del calcetín que quería zurcir.

 

Una vez elegido el color, seleccionaba la aguja adecuada en el acerico que llevaba el costurero en la parte posterior de la tapa y entonces, en ese preciso momento, se obraba el milagro. Mi abuela, una mujer de casi 80 años, guiñaba un ojo, levantaba sus manos retorcidas por la edad y la artrosis para aprovechar las últimas luces de la tarde, y enhebraba la aguja al primer intento. Cogía el huevo de madera, lo metía dentro del calcetín haciéndolo coincidir con el agujero y con pequeñas y perfectas puntadas iba haciendo líneas paralelas hasta tapar el agujero, a las que luego añadía puntadas perpendiculares para dar consistencia al zurcido.

 

Lo cierto es que me daba bastante vergüenza llevar calcetines zurcidos, pero era tal la habilidad y precisión de mi abuela, que conseguía que el defecto fuera casi inapreciable, restando posibilidades a que mi prestigio de adolescente pudiera verse comprometido por la horrenda visión del remiendo de un vulgar tomate en el calcetín.

 

MÚSICA INSPIRADORA